Fotografía: Millones de ciudadanos enfrentan cortes que superan las 20 horas, Y escasez crítica de agua.
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La isla de Cuba atraviesa uno de los episodios más críticos de su historia reciente. Este jueves, el Ministerio de Energía y Minas (Minem) anunció la interconexión del Sistema Eléctrico Nacional (SEN) desde Guantánamo hasta Pinar del Río, un esfuerzo titánico tras la desconexión masiva sufrida el miércoles. Sin embargo, este paso técnico no ha logrado encender las bombillas de los hogares: amplias zonas del país caribeño continúan en penumbras tras más de 20 horas de un apagón que mantiene asfixiados a más de seis millones de personas.

El desencadenante fue una salida inesperada por un «salidero en la caldera» de la termoeléctrica Antonio Guiteras, ubicada en Matanzas, una de las mayores del país.

Esta falla repentina provocó un efecto dominó que desestabilizó por completo la red nacional. De acuerdo con el director del despacho nacional de cargas, Félix Estrada, el proceso de energización se realiza «paso a paso» y de forma muy limitada, priorizando únicamente sistemas vitales como hospitales y fuentes de bombeo de agua. Al inicio de la jornada, apenas se lograban generar 590 megavatios, una fracción mínima de la demanda real.

El bloqueo, el diésel y la crisis del agua

Habitualmente, el protocolo técnico ante la caída de una termoeléctrica consiste en encender motores de generación distribuida (diésel y fueloil) para crear «islas de energía» y sincronizar el sistema de nuevo. No obstante, esta alternativa rápida se encuentra prácticamente paralizada desde enero. El gobierno cubano apunta directamente al cerco petrolero de Estados Unidos, el cual impide la entrada de combustible a la isla. Sin embargo, estimaciones independientes señalan que sanear la obsoleta infraestructura eléctrica requeriría una inyección de entre 8.000 y 10.000 millones de dólares.

La prolongada falta de electricidad ha desencadenado una crisis secundaria igual de grave: el colapso del abastecimiento hídrico. Sin energía, las estaciones de bombeo no operan. En urbes como La Habana o Santiago de Cuba, los ciudadanos recurren a la compra de pipas y tanques a precios exorbitantes en el mercado informal, gastando hasta 8.000 pesos. A la par, los alimentos comienzan a descomponerse por falta de refrigeración, obligando a cientos de familias a cocinar en las aceras usando carbón o pequeñas cocinas de gas bajo la luz de lámparas recargables.

Privilegios en medio de la penumbra

El contraste más amargo de la jornada no vino de las fallas técnicas, sino de las redes sociales. Mientras las familias cubanas enfrentaban el calor, los mosquitos y la incertidumbre, Sandro Castro, nieto de Fidel Castro, difundió videos en su cuenta de Instagram disfrutando del apagón general.

En las imágenes aparece en una calle de La Habana departiendo con amigos, jugando dominó, bebiendo cerveza y preparando una parrillada. Su respuesta ante comentarios en el video —»Yo nunca traiciono mis ideales»— encendió una ola de críticas. Para gran parte de la población, esta ostentación refleja la profunda brecha entre una élite desconectada de las carencias y una ciudadanía que lucha diariamente por la supervivencia básica.

El apagón en Cuba no es solo un fallo técnico, sino el reflejo de una infraestructura operando al límite y de una sociedad cuya resistencia continúa poniéndose a prueba en medio de la oscuridad.

Nota del editor: Este reporte fue elaborado con información, investigaciones y datos recabados por EFE, CNN Latinoamérica, La Nación, HCH (José Castillo), Cuba en Miami, Diario de Cuba (Ángeles Rosas), The Objective y material gráfico del fotoperiodista Ernesto Mastrascusa.


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