Fotografía: La Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza (CBP) retomó en marzo las detonaciones en la línea divisoria.
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Lo que para muchos es una simple línea divisoria en el mapa geopolítico, para la Nación Kumiai es el centro de su universo espiritual. Hoy, el cerro Cuchumá —conocido en Estados Unidos como Tecate Peak— enfrenta una de sus peores crisis: el uso de dinamita para la ampliación del muro fronterizo está fracturando no solo el ecosistema, sino la memoria y la identidad de los pueblos originarios.

Desde marzo de 2026, la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de Estados Unidos (CBP, por sus siglas en inglés) reactivó los trabajos de construcción de la barrera física entre San Diego y Tecate. Las continuas explosiones han provocado daños irreversibles en la flora, fauna y en zonas de mortero milenarias, destruyendo incluso el monolito con petrograbados más grande de la montaña.

Para la comunidad Kumiai, asentada en ambos lados de la frontera desde hace miles de años, la devastación es profunda. «Usar pólvora para destruirla es como si le hicieran lo mismo a la Basílica de Guadalupe», ilustra Norma Meza, autoridad tradicional y defensora del pueblo Kumiai. La montaña es considerada un espacio vital de sanación, iniciación y conexión con la naturaleza, donde se realizan ceremonias y ayunos que hoy se ven obstaculizados por las restricciones de paso impuestas por las autoridades estadounidenses.

Un ecocidio transfronterizo

El impacto trasciende la barrera cultural y se perfila como un severo conflicto ambiental y binacional. Argumentar que las explosiones ocurren del lado estadounidense resulta insuficiente frente a los daños colaterales. El Cuchumá es un corredor biológico crucial; el levantamiento del muro y las detonaciones impiden el libre tránsito de especies terrestres, alterando radicalmente el ecosistema local y poniendo en riesgo los recursos hídricos compartidos.

Este territorio cuenta con un estatus de protección internacional. Desde 1992, Tecate Peak está inscrito en el Registro Nacional de Sitios Históricos de EUA. A su vez, en territorio mexicano, organizaciones como Fundación La Puerta y Pronatura Noroeste resguardan cerca de 900 hectáreas mediante servidumbres ecológicas.

Ante esta situación, el entramado social e institucional ha comenzado a movilizarse. Durante un reciente Encuentro Binacional celebrado en el Centro Estatal de las Artes (CEART) de Tecate, autoridades tradicionales de ambos países, colectivos y ciudadanos acordaron establecer un frente común. La gran ausente en la mesa de diálogo fue la representación del gobierno de Estados Unidos.

@carlaescoffie

♬ sonido original – Carla Escoffié

Exigen intervención diplomática

La presión hacia el gobierno federal mexicano va en aumento. Más de 20 organizaciones, decenas de académicos y cientos de ciudadanos —respaldados por firmas en la plataforma Change.org— han presentado una solicitud formal a la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE).

El objetivo es claro: exigir una protesta diplomática formal que invoque el Acuerdo entre México y Estados Unidos sobre Cooperación y Mejoramiento del Medio Ambiente en la Zona Frontera (suscrito en 1983). Se busca la suspensión inmediata de las detonaciones hasta realizar una evaluación binacional e integral del impacto ambiental y cultural, con la participación del INAH, el INPI y la Comisión Internacional de Límites y Aguas.

A nivel estatal, la gobernadora de Baja California, Marina del Pilar Ávila Olmeda, confirmó que la Secretaría de Cultura estatal ya emitió una misiva enérgica a la CBP para detener el uso de explosivos.

Mientras la diplomacia avanza a su propio ritmo, la Nación Kumiai resiste. «No se fractura la tierra: se fractura la memoria», advierte la Fundación La Puerta en un pronunciamiento. En comunidades como La Huerta, las nuevas generaciones siguen aprendiendo su lengua y sus danzas, demostrando que la defensa del Cuchumá es, en esencia, la defensa de su derecho a existir.


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