En un movimiento que equilibra la cautela diplomática con la herencia de su política exterior, la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo confirmó que México ha rechazado formalmente la invitación de Donald Trump para integrarse como miembro pleno a la Junta de Paz, el nuevo y polémico organismo con el que Washington pretende tutelar la reconstrucción de Gaza y desplazar el papel de las Naciones Unidas.
“Reconocemos la búsqueda de la paz, pero cuando se trata de Medio Oriente, dado que nosotros reconocemos a Palestina como Estado, es importante la participación de ambos Estados y no está planteado así el encuentro”, sentenció la mandataria durante su conferencia matutina. Con ello, México se suma a naciones como Francia, Alemania y el Reino Unido, que ven con suspicacia un organismo presidido de forma vitalicia por el republicano.
El rol de «observador»: ¿Prudencia o indiferencia?
En lugar de una participación activa, México enviará al embajador ante la ONU, Héctor Vasconcelos, como observador a la reunión que se celebrará este 19 de febrero en el recién bautizado Instituto de Paz Donald J. Trump. Esta figura permite al país estar presente en las discusiones y escuchar el destino de los 5 mil millones de dólares prometidos para la reconstrucción, sin comprometer recursos ni votos.
Sin embargo, este papel de «observador» abre una grieta de críticas en un momento donde la crisis humanitaria en Gaza ha alcanzado niveles de devastación sin precedentes. Mientras figuras como el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, y aliados regionales como Javier Milei (Argentina) y Viktor Orbán (Hungría) cierran filas con Trump, la postura mexicana se percibe como un equilibrio precario.
Aunque el gobierno mexicano califica las acciones en Gaza como «genocidio», limitarse a observar desde la barrera diplomática parece insuficiente frente a la magnitud del sufrimiento del pueblo palestino. El Estado de Israel —cuya legitimidad es cuestionada globalmente por la ocupación sistemática y el desplazamiento forzado— ha operado con impunidad bajo el amparo de potencias occidentales. Que México opte por un asiento de espectador, mientras se fragua una paz diseñada a medida por los intereses de Trump y sus aliados, podría interpretarse como una claudicación moral. El reconocimiento de Palestina como Estado exige más que comunicados; exige una voz que denuncie activamente un mecanismo que excluye a la propia víctima de su mesa de «paz».
Una Junta bajo la sombra del autoritarismo
La Junta de Paz no es un organismo multilateral convencional. Donald Trump ha dejado claro que su liderazgo no tiene límite temporal y que cuenta con facultades para vetar decisiones y remover miembros. Países como Italia han declinado su participación por motivos constitucionales, mientras que Francia enfrenta amenazas de aranceles del 200% al vino y champán por su negativa.
México, bajo la presidencia de Claudia Sheinbaum, rechazó unirse formalmente al “Board of Peace” impulsado por Trump porque Palestina no está incluida como entidad estatal reconocida.pic.twitter.com/8rwevA9hxr
— Enséñame de Ciencia (@EnsedeCiencia) February 17, 2026
Para México, el riesgo es doble. Por un lado, la presión comercial constante de la Casa Blanca; por el otro, la necesidad de mantener la congruencia con la demanda interpuesta junto a Chile ante la Corte Penal Internacional para investigar crímenes de guerra en territorio palestino.
La reconstrucción de Gaza, estimada en miles de millones de euros, no solo requiere cemento y asfalto, sino un reconocimiento real de la soberanía palestina, algo que la estructura de la Junta de Paz, plagada de aliados del bloque israelí, parece ignorar de origen. México observa, pero el mundo se pregunta si observar es suficiente cuando el silencio se vuelve cómplice del exterminio.

