El reverendo Jesse Louis Jackson, el orador apasionado cuya visión populista de una “Coalición Arcoíris” redefinió la política estadounidense y lo convirtió en el líder negro más influyente entre la era de Martin Luther King Jr. y el ascenso de Barack Obama, falleció este martes 17 de febrero de 2026. Tenía 84 años.
La muerte del ícono de los derechos civiles fue confirmada por su familia a través de un comunicado difundido en redes sociales, donde señalaron que Jackson murió «en paz» en su hogar en Chicago, rodeado de sus seres queridos. Aunque la familia no especificó la causa inmediata, el líder había sido hospitalizado en noviembre pasado para tratar una condición neurodegenerativa inusual y grave conocida como parálisis supranuclear progresiva (PSP), un diagnóstico que siguió a su anuncio de padecer Parkinson en 2017.
«Nuestro padre fue un líder servicial, no solo para nuestra familia, sino también para los oprimidos, los que no tienen voz y los marginados de todo el mundo», expresó la familia Jackson. «Su inquebrantable compromiso con la justicia, la igualdad y los derechos humanos contribuyó a forjar un movimiento global».
I don’t know who needs to hear Jesse Jackson leading the kids on Sesame Street in this beautiful call-and-response reminding them that every child is somebody, but here it is pic.twitter.com/G30CLsmBUu
— Ben Phillips (@benphillips76) February 17, 2026
El puente entre dos eras
Jackson no fue solo un testigo de la historia; fue su arquitecto. Nacido bajo las leyes de segregación de Jim Crow en Greenville, Carolina del Sur, hijo de una madre adolescente y un vecino casado, Jackson superó el estigma de su origen para convertirse en el protegido de Martin Luther King Jr.
Su vida pública estuvo marcada por un momento definitorio y controvertido: el asesinato de King en el Motel Lorraine de Memphis en 1968. Jackson, quien se encontraba en el estacionamiento, aseguró haber sostenido la cabeza de King mientras moría, una narrativa disputada por otros colaboradores cercanos como Ralph Abernathy. Al día siguiente, apareció en televisión con un suéter manchado de sangre, proclamándose el portador del legado del mártir. «Estábamos decididos a no permitir que una sola bala acabara con el movimiento», diría años más tarde.
Pese a las fricciones internas en la Conferencia de Liderazgo Cristiano del Sur (SCLC), Jackson utilizó su carisma y ambición para fundar la Operation PUSH (más tarde Rainbow PUSH Coalition), llevando la lucha por la igualdad de las calles a las salas de juntas corporativas, presionando a grandes empresas para contratar a minorías.
«¡Yo soy alguien!»: El asalto a la Casa Blanca
Lo que cimentó su estatus como una fuerza política ineludible fueron sus dos campañas presidenciales en 1984 y 1988. En una época en que el poder político negro era más una aspiración que una realidad, Jackson desafió al establishment del Partido Demócrata.
Su campaña de 1984 fue histórica no por la victoria, sino por la audacia. Jackson aglutinó a una coalición de «los desesperados, los condenados, los desheredados, los irrespetados y los despreciados». Aunque su campaña se vio empañada por el escándalo tras referirse a Nueva York con el término antisemita «Hymietown» —un episodio que lo persiguió durante años—, logró registrar a millones de nuevos votantes.
En 1988, su éxito fue aún mayor. Ganó 13 primarias y asambleas, obteniendo casi 7 millones de votos y el 29% del total, superando a figuras establecidas como Al Gore y forzando al partido a cambiar las reglas de asignación de delegados. Estos cambios estructurales fueron los que, décadas después, permitirían el ascenso de Barack Obama.
«Nuestra bandera es roja, blanca y azul, pero nuestra nación es un arcoíris: roja, amarilla, marrón, negra y blanca; y todos somos valiosos a los ojos de Dios», proclamó en su célebre discurso de la Convención Demócrata de 1984.
Un legado complejo y diplomacia en la sombra
Más allá de las fronteras estadounidenses, Jackson actuó como un diplomático sin cartera. Logró la liberación de rehenes y prisioneros en Siria, Cuba y la antigua Yugoslavia, a menudo desafiando la política exterior oficial de Washington. En el año 2000, el presidente Bill Clinton le otorgó la Medalla Presidencial de la Libertad, el máximo honor civil de la nación.
Sin embargo, su figura nunca estuvo exenta de polémica. En 2001, su imagen moral sufrió un golpe al revelarse que había tenido una hija fuera del matrimonio. Años más tarde, en 2008, un micrófono abierto captó sus críticas hacia Barack Obama, acusándolo de hablar con condescendencia a los negros. No obstante, la noche de la victoria de Obama en Grant Park, las cámaras captaron a Jackson con lágrimas corriendo por sus mejillas, cerrando un círculo histórico que él había ayudado a trazar.
El último adiós
En sus últimos años, pese al avance de su enfermedad, Jackson se mantuvo activo. En 2021, fue arrestado protestando por el derecho al voto y, tras el asesinato de George Floyd, viajó a Minneapolis para exigir justicia. Se retiró oficialmente de la presidencia de Rainbow PUSH en 2023.
Las reacciones a su muerte no se han hecho esperar. El presidente Joe Biden, la vicepresidenta Kamala Harris y el expresidente Barack Obama han lamentado la pérdida de un «gigante». El reverendo Al Sharpton, discípulo de Jackson, resumió su impacto: «No era un simple líder por los derechos civiles; era un movimiento en sí mismo».
Jesse Jackson deja a su esposa Jacqueline, sus cinco hijos reconocidos —incluidos los excongresistas Jesse Jackson Jr. y Jonathan Jackson— y su hija Ashley. Pero sobre todo, deja un país que, aunque imperfecto, es más inclusivo gracias a su inagotable demanda de «Mantener la esperanza viva».
Créditos y Fuentes
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