Fotografía: Rosalba González Loyde, académica de la FCPyS, advierte que el mercado no producirá vivienda asequible por voluntad propia. Crédito de la imagen: Frente Anti-Gentrificación CDMX.
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Mientras la Ciudad de México atraviesa un déficit habitacional crítico para sus residentes, la producción de vivienda nueva parece tener otro destinatario: el mercado de rentas de corta estancia. Así lo advirtió Rosalba González Loyde, académica de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales (FCPyS) de la UNAM, quien señaló la urgencia de que el Estado intervenga con políticas de gestión territorial más severas.

Durante su participación en el podcast Construyendo el Debate, la experta fue contundente al desmitificar la autorregulación del sector: “El mercado inmobiliario no va a ser filantrópico ni va a producir vivienda asequible por sí mismo sin una presión de la política pública”.

El negocio del suelo y la falta de reglas

Para González Loyde, el núcleo del problema radica en la rentabilización del suelo. Los desarrolladores buscan maximizar ingresos basándose en lo que la normativa actual permite. Si bien el gobierno capitalino ha puesto sobre la mesa la necesidad de regular plataformas como Airbnb y controlar el aumento de alquileres, la académica subraya que aún carecemos de instrumentos definidos para su implementación efectiva.

“Hay ideas, pero el asunto es llevar a buen puerto mecanismos de regulación”, enfatizó. Sin estas reglas, las intervenciones urbanas y mejoras en los barrios terminan siendo contraproducentes: hacen la zona más atractiva para el mejor postor, desplazando a la población original incapaz de costear el nuevo nivel de vida.

Más que extranjeros: la pérdida de identidad

La especialista aclaró que la gentrificación no se reduce a la llegada de extranjeros o nómadas digitales. Se trata de un proceso profundo de desplazamiento de una población de menores ingresos por una de mayores recursos, detonado por el encarecimiento de servicios y el cambio en las dinámicas de consumo.

Un ejemplo alarmante citado por la universitaria es la desaparición de tortillerías en ciertas zonas de la urbe. Este fenómeno no es solo económico, sino cultural: “Sucede un cambio de consumo y lo que eso implica en términos de identidad territorial”. Los residentes que logran permanecer a menudo confiesan sentirse extraños en su propio barrio.

El riesgo de romper el tejido social

Más allá de la economía, la gentrificación erosiona la cohesión social, un factor de supervivencia en una ciudad sísmica como la capital mexicana. González Loyde destacó que conocer al vecino no es solo un acto de cortesía, sino una necesidad de seguridad y ayuda comunitaria ante fenómenos naturales.

La académica concluyó que la solución no es únicamente construir más vivienda en el centro o plantear la descentralización de actividades, sino diseñar una política integral de gestión territorial que equilibre la balanza y proteja el derecho a la ciudad de los habitantes históricos.


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