Fotografía: La Fiscalía del Estado ya investiga el crimen como homicidio calificado.
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La búsqueda del sacerdote Bertoldo Pantaleón Estrada ha terminado en tragedia. El cuerpo del párroco de 58 años, desaparecido desde el pasado sábado 4 de octubre, fue localizado sin vida este lunes en un paraje del municipio de Eduardo Neri, Guerrero. La Fiscalía General del Estado (FGE) confirmó que el cadáver presentaba varios impactos de bala y ha iniciado una carpeta de investigación por el delito de homicidio calificado.

El hallazgo tuvo lugar a la altura del kilómetro 199 de la carretera federal México-Acapulco, una zona de difícil acceso entre Zumpango y el punto conocido como Casa Verde, tras un operativo de búsqueda desplegado por fuerzas estatales y federales.

El padre Pantaleón, originario de Cocula, era una figura respetada al frente de la Parroquia de San Cristóbal en la comunidad de Mezcala, donde sirvió durante ocho años. Su desaparición fue denunciada el fin de semana por la Diócesis de Chilpancingo-Chilapa, que inicialmente pidió a la comunidad «evitar especulaciones y mantener un espíritu optimista».

Tras confirmarse la noticia, la misma Diócesis emitió una esquela lamentando el deceso y haciendo un llamado a la paz. “Invitamos a nuestra comunidad a velar y elevar sus oraciones por quien por 8 años estuvo frente a nuestra parroquia”, expresó el Consejo Pastoral.

Las autoridades no han revelado un posible móvil del crimen; sin embargo, ha trascendido que el sacerdote habría estado acompañado por otro hombre antes de su desaparición, cuya identidad no ha sido revelada y quien ahora es buscado por las autoridades para rendir declaración sobre los hechos.

Un patrón de violencia que no cesa

El asesinato del padre Bertoldo se suma a una alarmante lista de agresiones contra clérigos en Guerrero, una de las entidades más peligrosas para ejercer el sacerdocio en México.

Entre los casos más recordados se encuentran el del misionero ugandés John Ssenyondo, secuestrado en 2014 y hallado en una fosa clandestina; y los homicidios de los padres Gregorio López Gorostieta y José Ascensión Acula Osorio ese mismo año. En 2013, el padre Joel Román Salazar también fue asesinado, evidenciando un patrón de violencia contra la Iglesia que persiste en la región.


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