Fotografía: La imposición de intereses occidentales a sangre y fuego no es el camino.
Compartir

El mundo amaneció esta semana bajo la sombra de un conflicto de proporciones incalculables. Lo que durante meses fue una tensión latente en los despachos diplomáticos, estalló el pasado 28 de febrero cuando Estados Unidos e Israel decidieron abandonar cualquier vía de negociación real para imponer sus propios intereses hegemónicos en Medio Oriente. A través de una masiva ofensiva aérea y tecnológica coordinada, bombardearon instalaciones estratégicas en Irán, decapitando a su cúpula política y religiosa con el asesinato del líder supremo, el ayatolá Alí Jameneí.

La narrativa oficial de Washington, articulada por el secretario de Estado Marco Rubio, califica estas acciones de «preventivas». Sin embargo, los hechos sobre el terreno y las filtraciones desde la Casa Blanca pintan un cuadro distinto: una guerra de elección impulsada por el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, y avalada por el presidente estadounidense, Donald Trump, quien busca calcar el modelo de «cambio de régimen» ensayado previamente en otras latitudes.

Irán, acorralado y bajo fuego constante, ha optado por defender su soberanía. Lejos de aplaudir al régimen teocrático iraní —cuyo historial de represión autoritaria hacia su propio pueblo es una herida abierta—, es imperativo reconocer que las vías elegidas por Estados Unidos e Israel violan flagrantemente el derecho internacional y la soberanía territorial. Al empujar a Teherán contra las cuerdas, han desatado una respuesta militar que ya azota a toda la península arábiga y amenaza con estrangular la economía global.

El Estrecho de Ormuz: La carta defensiva definitiva

Como respuesta a la agresión, la Guardia Revolucionaria de Irán ha cumplido la advertencia que el mundo temía: el bloqueo total del estrecho de Ormuz.

«El estrecho está cerrado. Si alguien intenta pasar, los héroes de la Guardia Revolucionaria y la marina regular incendiarán esos barcos», sentenció este lunes Ebrahim Jabari, asesor de alto rango militar iraní.

Este canal, que en su punto más angosto mide apenas 33 kilómetros separando a Irán de Omán, no es un cuerpo de agua cualquiera. Es la yugular energética del planeta. Por sus aguas transita diariamente el 20% del consumo mundial de petróleo (unos 20 millones de barriles diarios) y una vasta proporción del gas natural licuado proveniente de Qatar.

El cierre es una medida desesperada de autodefensa ante los intentos occidentales de aniquilar la infraestructura y el liderazgo iraní. Las consecuencias han sido inmediatas: los mercados bursátiles han resentido el golpe, el precio del crudo se ha disparado más de un 8% en pocas horas y el gas natural aumentó un 40% en Europa. Las aseguradoras marítimas han comenzado a cancelar pólizas, paralizando docenas de buques petroleros que ahora aguardan en las costas emiratíes.

Intereses cruzados y el rediseño forzado de Medio Oriente

La actual crisis no nace en el vacío. Durante la reunión de Netanyahu con Trump en febrero, quedó claro que el objetivo israelí era truncar las incipientes negociaciones nucleares y asestar un golpe definitivo para cambiar el mapa de poder regional. La Administración Trump abrazó esta visión, confiando en una «guerra corta» de cuatro a cinco semanas, subestimando gravemente la capacidad de resistencia persa.

Irán, preparándose durante décadas para este exacto escenario de invasión, activó de inmediato una estrategia de «defensa en mosaico». Se trata de un sistema descentralizado que permite a células militares aisladas lanzar andanadas continuas de drones de bajo costo y misiles balísticos desde plataformas móviles camufladas.

Esta táctica ha expuesto la fragilidad de los aliados estadounidenses en el Golfo. Bases militares de EE. UU. en Kuwait, Bahréin y Qatar han sido blanco de la furia iraní. En Arabia Saudita, epicentro petrolero del mundo árabe, se han reportado incendios en la vital refinería de Ras Tanura y ataques con drones a la mismísima embajada estadounidense en Riad, provocando que el Departamento de Estado recomiende la evacuación inmediata de sus ciudadanos en más de una decena de países.

Incluso Kuwait ha sido escenario de la confusión bélica, donde las propias defensas antiaéreas del país derribaron por error tres aviones de combate estadounidenses, víctimas del «fuego amigo» en medio del caos generado por los enjambres de drones iraníes.

La trinchera en Líbano y el costo humano

El conflicto ha abierto múltiples frentes simultáneos. En el Líbano, Israel ha aprovechado la coyuntura para desatar una nueva e intensa campaña de bombardeos sobre Beirut y el sur del país, buscando desmantelar a la organización chií Hezbolá, aliada de Teherán. El saldo es trágico: decenas de civiles libaneses han muerto en las últimas horas bajo las bombas israelíes, sumándose a los escombros de una nación que ya vivía al límite.

Las pérdidas humanas son innegables y escalan rápidamente. La Media Luna Roja en Irán reporta al menos 555 fallecidos por los ataques iniciales de Israel y EE. UU., mientras que el Pentágono ha confirmado sus primeras bajas, con la muerte de seis soldados estadounidenses en la región. El propio Trump, desde Florida, admitió fríamente que «se esperan más bajas».

El tablero global: China, Europa y la «Ley de la Selva»

La comunidad internacional observa con alarma este desprecio por la diplomacia. China, el principal comprador del petróleo iraní, ha condenado enérgicamente el ataque estadounidense-israelí, calificándolo de «flagrante violación de la soberanía» y acusando a Washington de aplicar la «ley de la selva». Pekín entiende que el colapso del estrecho de Ormuz es una amenaza directa a su seguridad energética.

En Europa, la lectura es mixta pero tensa. Mientras líderes como el primer ministro británico Keir Starmer han tratado de mantener a su país al margen de la ofensiva inicial —ganándose los reproches de Donald Trump—, otras potencias observan el fracaso de la vía diplomática. En Alemania, la administración del actual canciller, Friedrich Merz, señaló que EE. UU. había buscado salidas negociadas, aunque expertos en derecho internacional europeos coinciden en que los bombardeos sobre un Estado soberano constituyen una violación clara a la Carta de las Naciones Unidas.

Una guerra sin fecha de caducidad

Mientras Trump insiste en que el arsenal estadounidense es ilimitado y Netanyahu asegura que esto no será una «guerra interminable», la realidad dicta lo contrario. Irán ha dejado claro, a través de su Consejo Supremo de Seguridad Nacional, que luchará «cueste lo que cueste».

No estamos ante una operación quirúrgica ni una transición democrática guiada. Estamos presenciando una campaña militar cimentada en intereses de dominación territorial y control energético. Occidente no está «liberando» a Irán de su autoritarismo; está asfixiando a su población y arrastrando al mundo a una crisis económica para garantizar el monopolio de la fuerza de Israel y Estados Unidos en el Medio Oriente. Hoy, el estrecho de Ormuz no es solo un paso de petróleo, es el termómetro de una hegemonía que está dispuesta a prenderle fuego al mundo con tal de no perder el control.

Nota de la Redacción: Este trabajo fue elaborado a partir de información recopilada de los despachos informativos de BBC News Mundo, Reuters, Deutsche Welle (DW), The New York Times, El Economista, AFP, AP, Animal Político y SinEmbargo.


Compartir

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *