Fotografía: Se espera que el próximo 25 de agosto se declare culpable ante la corte de Nueva York, evitando un juicio público.
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El telón está por caer para uno de los narcotraficantes más buscados y enigmáticos del mundo. Ismael «El Mayo» Zambada García, histórico líder del Cártel de Sinaloa, comparecerá el próximo 25 de agosto en la corte del Distrito Este de Brooklyn, Nueva York, donde se prevé que cambie su declaración inicial y acepte los cargos en su contra, renunciando así a un mediático juicio público.

La decisión, confirmada por una notificación judicial, marca un cambio de estrategia radical para la cúpula del cártel, que busca evitar la exposición y el desgaste que supuso el juicio de su antiguo socio, Joaquín «El Chapo» Guzmán. El destino de Zambada quedará en manos del juez Brian M. Cogan, el mismo que sentenció al «Chapo» a cadena perpetua.

Este movimiento se alinea con las acciones recientes de los hijos de Guzmán, como Ovidio Guzmán López, quien también se declaró culpable en Chicago. La táctica parece clara: negociar tras bambalinas y evitar que los secretos de la organización criminal más poderosa del hemisferio sean ventilados en una corte abierta.

Un arribo Polémico y una acusación de secuestro

La presencia de Zambada en suelo estadounidense sigue envuelta en controversia. El capo de 77 años aterrizó en El Paso, Texas, en julio de 2024, en un vuelo privado junto a Joaquín Guzmán López, hijo del «Chapo». Mientras el Departamento de Justicia calificó el hecho como una exitosa operación conjunta de la DEA y el FBI, la defensa de Zambada ha sostenido una versión completamente opuesta.

En una carta difundida por su abogado, «El Mayo» aseguró haber sido engañado y secuestrado en México por el propio Guzmán López. «No me entregué y no vine voluntariamente», afirmó Zambada, detallando supuestos abusos físicos que le causaron lesiones significativas antes de ser forzado a abordar la aeronave.


La información vale más que la venganza

Más allá del drama legal, la advertencia del analista y ex agente de la DEA, Mikel Vigil, resuena en los pasillos del poder. Según su análisis, la avanzada edad y las dolencias de Zambada hacen plausible que fallezca antes de cumplir una larga sentencia. Este desenlace, lejos de ser una victoria, representaría una pérdida estratégica para Estados Unidos.

«No le conviene a Estados Unidos», alertó Vigil, subrayando que un Zambada sentenciado pero vivo es una fuente de inteligencia invaluable. Décadas de operaciones, rutas, redes de corrupción, estructuras financieras y secretos de estado podrían morir con él, cerrando para siempre la puerta a un conocimiento profundo del crimen organizado transnacional.

La fiscalía estadounidense ha calificado a Zambada como «uno de los narcos más notorios y peligrosos del mundo», acusándolo de operar con «fuerza bruta e intimidación», mantener un ejército de sicarios y haber ordenado innumerables asesinatos, incluido el de su propio sobrino. Con su declaración de culpabilidad, se cierra un capítulo de persecución, pero se abre la carrera contrarreloj para obtener la información que guarda el último gran capo de su generación.


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